DIAS DE GUERRA (IV) – ASALTO A TROBANIELLO


Combatientes republicanos disparando una ametralladora Hotchkiss, similar a las utilizadas en Trobaniello

Por Alberto.

Pasaban pocos minutos de la una de la mañana de aquella fría noche de invierno cuando Atilano Prieto García, de veintisiete años, natural de Muriellos y teniente del Batallón Asturias nº 39, regresaba cansado al campamento instalado junto a la ermita de Trobaniello, tras haber cumplimentado sin novedad alguna la ronda de seguridad por los parapetos que protegían el mismo. La noche era cerrada, propicia a emboscadas, pero nada hacía pensar que las tropas milicianas fueran a ser atacadas, inmersas en un Frente que no había reflejado, en los meses que se llevaban de guerra, ninguna escaramuza digna de mención en la zona quirosana. Sí habían participado algunos milicianos, incluido el propio Atilano, en un avance en octubre sobre la zona de Babia, en el que se habían causado varias bajas al enemigo, además de arrebatarle diverso armamento y material de guerra, incluido un automóvil que fue bajado a Ricabo por las pedregosas rampas del Camino Real y cuya aparición en el pueblo sería recordada durante muchos años.

La madrugada de aquel viernes, 19 de febrero de 1937, contaban las fuerzas destacadas en Ventana con sesenta y dos hombres – dos tenientes, un sargento, cuatro cabos y cincuenta y cinco soldados – pertenecientes a la 2ª Compañía de un Batallón que había sido restructurado pocos días antes, en un intento por parte de las autoridades de dotar al ejercito republicano de cierta disciplina, militarizando a los milicianos que se habían presentado voluntarios al inicio de la contienda. Así, en el sector de Quirós habían sido destacadas dos Compañías, al mando cada una de un capitán y constituidas por una Plana Mayor y tres Secciones, contando cada sección con dos Escuadras de fusileros, una de ametralladoras y una de morteros, además de cocineras, camilleros, enlaces y demás personal necesario. Todo esto quedaba muy bonito sobre el papel, pero la realidad era que, como ya había denunciado en su día el Comandante del Batallón David Antuña, en aquel denominado Sector de los Puertos había una alarmante escasez de fusiles y munición, así como de ropa que protegiera contra las inclemencias del tiempo, a lo que había de añadirse que la mayoría de los soldados no habían participado nunca en acciones de guerra y no estaban fogueados.

Pero volvamos a Atilano, al que habíamos dejado regresando de los parapetos tras realizar la ronda, ya que prestaba servicio como Oficial de Campamento, estando el mando de la Fuerza a cargo de otro teniente, el también quirosano Sixto Fernández Arias, de veinticinco años y vecino de Toriezo. Una vez allí, Atilano se apresuró a dormir, ya que tenía previsto salir con sus hombres pocas horas más tarde a hacer “la descubierta” hasta la Venta de Torrestío. Pero hacía las tres y media de aquella madrugada ambos tenientes serían despertados por el centinela del campamento, al haber percibido éste detonaciones en la zona de los parapetos. Se distribuyeron entonces las escasas municiones y bombas de mano, y el teniente Atilano salió con una columna en auxilio de los atacados, ordenándose al sargento Camilo Rodrigo montar una ametralladora en una loma cercana. Cuando Atilano llegó a los parapetos se encontró con que éstos habían sido abandonados y desde allí recibía fuego enemigo, intentando regresar con sus hombres al campamento, resultándole imposible al estar siendo el mismo duramente hostigado por las tropas nacionales. Así, ya desperdigados los soldados que le acompañaban, viéndose solo optó por refugiarse en la oscuridad de la noche junto a un herido. Por su parte, la zona del campamento, fuertemente atacada con fusilería y granadas Lafitte, había sido abandonada por los milicianos, logrando ocultar Sixto Fernández una ametralladora entre la maleza y perdiendo Camilo Rodrigo la suya al verse rodeado, huyendo las fuerzas republicanas en desbandada.

Soldados lanzando granadas Lafitte

¿Qué había pasado entonces en los tres parapetos? Antes hay que señalar que cada uno de ellos estaba protegido por una Escuadra (ocho soldados al mando de un cabo), contando doscientos cartuchos y diez bombas de mano como armamento. Según el informe del capitán Ángel Rivera Fernández, jefe del Sector de Quirós, y que tomaría declaración a los implicados en la capital quirosana el 23 de febrero, parece ser que, tras escuchar los centinelas ruidos cercanos y efectuarse los primeros disparos, al creerse copados por numeroso enemigo los allí presentes emprendieron la huida, dejando abandonadas las posiciones, sucediendo lo mismo tras el ataque al campamento. Es lo que el propio Ángel Rivera pudo comprobar tras ser avisado de lo ocurrido mientras se encontraba descansando en el cuartel de Arrojo y salir de inmediato con todas sus tropas hacía Trobaniello, a donde llegaría sobre las diez de la mañana de ese 19 de febrero, todavía humeantes las ruinas del campamento, al haber sido quemadas tiendas y mantas por los nacionales antes de retirarse. Allí constataría la pérdida de numeroso material de guerra, además de la muerte de dos soldados, los hermanos Baldomero y Cesáreo Fernández Fernández, vecinos de Fresnedo, y la presencia de otros tres heridos.

Es por todo ello que se procesa a los implicados en consejo de guerra, acusándoseles de Abandono de Servicio, cargo al que correspondía la pena de muerte. El encargado de juzgar tales hechos será el Tribunal Popular Especial de Guerra del Sector de Mieres, dando comienzo las actuaciones el 2 de abril de 1937, encarcelándose a los acusados en dicha villa. Éstos serían el ya nombrado teniente Atilano Prieto García y el sargento Camilo Rodrigo López, burgalés de veinte años, además de los cabos que mandaban los parapetos: Claudio González Fernández, de cuarenta y dos años, natural de Pola de Allande; Aurelio Álvarez Álvarez, de veinticinco años y natural de Fresnedo; y José Muñíz Iglesias, de veintisiete años de edad y también quirosano. A ellos se uniría Sixto Fernández Arias unos días más tarde, en el transcurso de un proceso que iba resultar controvertido.

Y es que la detención de sus compañeros causaría gran conmoción entre los integrantes del Batallón Asturias-39, en su mayor parte afiliados socialistas, enviando la Agrupación del concejo diversas misivas a la Federación Socialista Asturiana para que interviniera en favor de los detenidos. Llegaría esto a oídos de Luis Amado Rodriguez, Oficial Interventor del Sector de Teverga, también socialista, que se ofrecería entonces como abogado para ejercer la defensa de los milicianos. Las discrepancias políticas comenzaban ya a dañar las endebles relaciones entre las diversas facciones del bando republicano, y el propio Luis Amado daría fe de aquellas cuitas al remitir varias cartas a la Federación Socialista en las que acusaba a David Antuña, Comandante del Batallón, de enviar injustamente al patíbulo a los cinco acusados, culpándoles a ellos de su propia negligencia, estando totalmente influido por su teniente ayudante, el quirosano José Berros Orvíz, de filiación comunista. Esta condición habría causado, según Luis Amado, que quedara libre de acusación por los hechos el teniente Sixto Fernández, también de orientación comunista. Sea como fuere, lo cierto es que tras estos escritos el mencionado Sixto pasaría también a figurar en la lista de acusados, siendo defendido por el propio Luis Amado, cambiándose el delito a juzgar por el de Negligencia, cargo del que serían absueltos todos los detenidos en la vista celebrada en el salón de actos del Ayuntamiento de Mieres el 12 de abril de 1937.

Ermita de Trobaniello, lugar donde se encontraba el campamento republicano, existiendo por entonces un edificio anexo que hacía funciones de casa-cuartel. Arriba, a la derecha, se puede entrever el promontorio de Sierros Negros, que constituía uno de los principales parapetos para la defensa de la zona.

El 21 de octubre de ese mismo año las fuerzas nacionales ocuparían Asturias, y todos aquellos a los que aquí se nombra tendrían que afrontar el exilio, la cárcel o la misma muerte. En el caso de nuestro protagonista, Atilano Prieto García, lograría ocultarse en los montes del concejo durante dos años, hasta que a finales de 1939 la detención de sus familiares le obligaba a entregarse. Juzgado en consejo de guerra, y condenado a doce años de prisión, su condición de minero hizo que fuera trasladado al Destacamento Penal del pozo Mosquitera, en Langreo, localidad en la que fallecería el 9 de enero de 1942 a  causa de una meningitis. Atilano es tan sólo un quirosano más a quien se tragó el olvido, de esos que nunca salen en los libros de Historia, aunque en las noches de invierno, cuando se mete la niebla y arrecia el frío en Trobaniello, cuentan que el viento trae su nombre y el de sus compañeros.

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1 Comentario

  1. Cristina
    27 octubre, 2017
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    Es Baldomero Fernández García hermano de mi abuela celsa Fernández García, de fresnedo. Baldomero estaba fugado y mi abuela le llevaba comida en un cesto con huevos y embutidos u algo de escanda al monte. Ella era golpeada dia si y día también le daban palizas en el cuerpo para que confesara donde estaba su hermano, pero nunca lo dijo. Un día descubrió q el cesto estaba con la comida intacto allí presagio un triste final, lo habían matado y su cuerpo en teverga nunca apareció ..,., maldita guerra me contaba cuando yo era niña entre lágrimas y suspiros

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