DIAS DE GUERRA (III) – ALELUYA


Por Alberto.

En los últimos años de su larga vida, José Álvarez Martínez, al que todos llamaban Aleluya, se sentaba en un banco a la puerta de casa, en la aldea tevergana de Quintanal, a esperar que el fiel sol le calentara el espíritu e iluminara aquel mundo rodeado de bosques que dormitaba mirando a las peñas de Sobia y La Sedernía. Allí, con el gesto cansado y la voz serena de quien conoce a la muerte, contaba su historia al que quisiera escucharla, aunque hacía ya tiempo que aquellos recuerdos de los días del monte le castigaban el alma.

Era noviembre, recordaba Aleluya, y una luz tenue que destilaba añoranza se filtraba indolente por los ventanales del palacio de Entrago. Abajo, en los sótanos, los prisioneros permanecían en vela mientras escuchaban el andar cadencioso del centinela. Luego, de madrugada, el ángel de la muerte abría la puerta y recitaba los nombres con su voz avezada. Entonces los presos salían al patio para ser maniatados, los supervivientes escondían la mirada y un ruido de camiones rompía el sosiego de la noche tevergana.

Regresaba de nuevo a 1937, a aquel frío otoño del final de la guerra, cuando los vencedores bajaron por Ventana y asolaron Teverga. Volvía otra vez al pozo del Táranu, donde un grupo de presos se alineaba temblando frente a la chimenea de la mina abandonada. Mujeres y hombres que conocían su sino nada más ser sacados de las mazmorras de Entrago y que ahora lloraban o rumiaban en silencio su mala suerte. La noche era cerrada, quizás orbayaba, y al fondo se veían las siluetas perfectas de las montañas, a una señal de linterna dio comienzo la descarga.

Fosa común del Táranu, Villanueva de Valdecarzana (Teverga), donde se estima que fueron asesinadas más de cien personas

“Se me soltó la cuerda –Aleluya se quitaba la boina y su voz entonces parecía quebrada – pero no pude escapar en ningún momento”. “Tras comprender la señal del oficial al mando, me arrojé al suelo antes de los disparos”. Ahora es de nuevo un joven con miedo, trata de hacerse el muerto, sangre y gemidos a su lado. Junto a él ya presiente a aquél que ha de dar el tiro de gracia, se levanta y corre, corre, corre, como nunca antes lo hizo nadie.

Cuarenta años más tarde aún resuenan en el valle blasfemias y gritos, pero los fusiles ya no encuentran ningún blanco. José Álvarez se detiene por vez primera, tiembla, está cansado y descalzo. El mechero le ayuda a encender un fuego para secarse, para ver que está vivo, para ir pensando. Le esperan largos años de vida en el monte, Aleluya es ahora un fugado.

Aquel que le escucha aprende de golpe que para un fugitivo nunca será la nieve buena compañera, pues te mata de frío y descubre tus huellas. Y corre con José por Valdecarzana, cargada a la espalda la escopeta de caza, con el cielo por techo y la noche de aliada. Algunas veces sólo y otras en compañía, fue su lecho el suelo de una oscura cueva, el tronco de un árbol o el pajar de una cuadra. Y se le helaba el alma cada vez que pensaba en su mujer y en sus hijos, que arriesgaban la vida por traerle comida, siempre rogándole que se entregara.

José “Aleluya”, ya anciano, durante una visita al Táranu

Y eso hizo, José Álvarez Martínez se cansó una tarde de ser una alimaña y caminó hasta el pueblo creyendo estar viviendo su último día. Pero no lo fue, y los mismos que habían querido matarle no le hallaron culpable de ningún delito, dejándole tranquilo el resto de su vida.

Al terminar el relato aquellos que escuchaban miraban de reojo hacía las montañas, a un punto cercano a la peña Paxarina. Allí no había entonces placas, ni monolitos, tan sólo una grieta donde enterrar el ganado y alguna flor perdida que curaba el desencanto. Luego se iban, Aleluya entraba en casa, Teverga adormecía, y al fondo, en Villanueva, un perro solitario le contaba a la luna las penas del mundo.

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