SE VA EL ULTIMO TECHEIRU DE QUIROS


José Antonio Tamés, el último techeiru de Quirós se fue a los 97 años. Llegó al concejo con nueve años para ayudar a la cuadrilla de tejeros que capitaneaba su padre. En su longeva existencia ejerció también de minero, agricultor, ganadero y trabajó en una pequeña eléctrica en el municipio.

Nació en 1.919, como todo buen tejero, en el distante concejo de Llanes, en Mestas de Ardisana. Salió con nueve años para trabajar como pinche en una cuadrilla de tejeros formada por nueve personas. Quirós fue el sitio más lejano de su casa a donde iban a trabajar. Quiso el destino y el amor que fuera su morada definitiva pues se casó con Joaquina en el pueblo de Ronderos, cerca de la tejera donde trabajo tantas temporadas. Desde mayo a septiembre estaba fuera de casa haciendo tamargas (tejas) y morondos (ladrillos). Según sus propias palabras “la tejera era la vida”. Un horario que comenzaba a las seis de la mañana y terminaba a las diez de la noche, lo que duraba la luz del día. Las condiciones de trabajo eran durísimas. Sacaba el elemento principal en la barrera, después el amasado y preparado en moldes. El proceso de cocción duraba varios días, hasta cuatro, en los cuales el fuego debía estar encendido continuamente. Toda su vida durante los meses de tejeros se reducía a unas frases que en su xíriga eran: De ñarama maia mingo/ de michigun uzkia/ de racha los mosquitos/ de drota la golia. En castellano común seria que desde por la mañana que hace frío hasta las doce con el calor, a la tarde con los mosquitos y hasta la hora de dormir.

Tuvo que soportar seis años de contienda civil, primero la guerra fratricida, después los Batallones de trabajadores y después el servicio militar. Cuando volvió con 24 años fue hasta su casa, la tejera. Allí encontró la cuadrilla laborando. Después de unos minutos de observarlos, su padre le recomendó “chaval quítate de ahí que estorbas”. José Antonio Tamés se echó a llorar. Nadie le reconoció. Marchó al frente con 17 años y volvió marcado por una experiencia muy dura. Su cara y su cuerpo habían envejecido prematuramente como tantos jóvenes de aquella época. La escena en la tejera, entre Ronderos y Ricao, tuvo que ser digna del drama más duro jamás contado.

Con metralla a cuestas siguió haciendo tejas y ladrillos. Con 26 años se casó en Ronderos y formó una familia. Después de cerrar la tejera, estuvo cinco años de frenista en la Compañía Minera de Quirós, para pasar después a la Central hidroeléctrica del Robloso, cerca de la capital quirosana. Cuando acudían a los pueblos los llamaban “los l.luceros” pues iban a controlar las bombillas de la “l.luz”. Todo ello complementado con la agricultura y ganadería para sacar adelante a sus dos hijos.

Su presencia era habitual en Bárzana. Bajaba todos los días, diez kilómetros desde su casa. Primero en una pequeña motocicleta y más tarde, con más años, andando. El ritual era siempre el mismo, después de comer regresaba a su morada. Su humor socarrón y su simpatía hacían que fuera muy apreciado en el concejo. Con él se fue el último representante de un oficio ancestral, el del techeiru. Básico en la vida campesina de un municipio rural. En todos los pueblos había una tejera que usaban las cuadrillas ambulantes que suministraban tamargas y morondos para casas, cuadras y que construyeron los altos hornos del concejo en el siglo XIX. Estaba muy orgulloso de su primer trabajo, y no había olvidado la jerga propia, la xíriga del tamargo o mascuencio. Se fue el Techeiru de Ronderos, el último tamargo y artesano del barro.

 

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